Cambio 16 de Chihuahua

Cambio 16 No. 40
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4 de septiembre

Rosales coquetea al turismo

Alfonso Ramírez

97visitas

El municipio que le dio nombre a la polka más famosa de México abre sus puertas a visitantes con balnearios, deportes, historia y frutos tropicales en pleno desierto

La vocación original del municipio de Rosales ha sido agrícola y ganadera pero ahora quiere también impulsar el turismo, con sus 13 balnearios, la práctica de los deportes acuáticos en la presa Francisco I. Madero, representaciones de hechos históricos, restos de asentamientos humanos, e incluso, con la oferta de frutos tropicales en pleno desierto.

En memoria del arribo del presidente Benito Juárez a Rosales en 1864, camino a la Ciudad de Chihuahua, cada 10 de octubre se realiza un festival donde ls habitantes usan ropas propias de la época y se hace una representación de la llegada del Benemérito de las Américas a la cabecera municipal de Rosales.

Esta celebración se convirtió en una tradición, por lo que las autoridades municipales quieren darle u mayor auge como uno de los atractivos turísticos de esta tierra del sur de Chihuahua.

Una placa colocada el 5 de febrero de 1921 en la entrada de una casona sobre la calle México dice: “El Benemérito Licenciado Benito Juárez, habitó esta casa el 10 de octubre de 1864, de acuerdo con el coronel Alfonso G. Ceballos”.

Es una finca de adobe grande, muy conservada y con la arquitectura propia del desierto, que fue donada al pueblo de Rosales por descendientes de la familia Sáenz.

Se ha convertido en un Museo donde se resguardan muebles de la época, incluso una cama en la que habría dormido Benito Juárez.

Una polka cargada de historia

En 1862, sobre esta calle México y con motivo de la llegada de Juárez, se realizó una verbena popular, en la cual accedió a bailar la polka “La Escobita”, tipo música que en 1830 apareció en la región de Bohemia, la actual República Checa, y que por su contagioso ritmo se extendió a nivel internacional.

Aunque en principio se bailaba en saraos aristocráticos, con el tempo se volvió popular.

Juárez prosiguió su viaje hacia la Ciudad de Chihuahua y ya en ella quiso volver a escuchar la pieza. Pero como nadie se acordaba del nombre, se dice que el propio presidente pidió que tocaran “La Segunda de Rosales”, es decir, la que se había programado en segundo término en la fiesta en su honor. Ya con ese nombre se popularizó, y desde entonces forma parte del repertorio de bailables escolares y ceremonias cívicas.

El Cañón de Arizpe

Cuando don Luis Terrazas llega a Rosales, desalojó a los indios Tapacolmes que trajo desde Ojinaga o Coyame el sargento mayor Juan Antonio de Trasviña y Retes para repoblar Santa Cruz, que había sido destruida en 1645 por una rebelión india.
Por ese origen, un siglo después se llamó Santa Cruz de Tapacolmes, pero en 1831 cambió su nombre a Rosales, en homenaje a Víctor Rosales, un insurgente.

Los Tapacolmes se fueron a la Sierra y a sabiendas de que en ese Cañón hay un ojo de agua, ahí se quedaron, porque Terrazas mandó pintar figuras de soldados en las peñas del Cañón, como advertencia para que no se regresaran.

Además, sobre las peñas más altas del Cerro del Cono hay pinturas, ya muy dañadas por el tiempo y la mano humana, que con jeroglíficos representan rutas o actividades tribales que tal vez pertenecieran a los originales indios conchos u otra tribu desconocida, contemporánea o más antigua que algunos petrograbados que se han encontrado en Samalayuca.

Al igual que en El Cono, en el Cerro del Cascarón hay morteros cavados en la tierra o en la piedra en donde los integrantes de los pueblos originarios cocinaban su comida. Otros tienen forma de celdas semejantes a un panal que pudieron tener una función refrigerante porque su interior es más fresco.

Destaca aquí también una lagartija azul que por no encontrarse en otras partes se considera endémica.

Sobre el suelo se pueden observar trozos de piedra semejantes a puntas de flecha de diversos colores, como el marrón, blanco o negro.

En estas tierras, en 1700 se construyó una hacienda que se llama El Ojito. Fue asentamiento de descanso del Camino Real de Tierra Adentro que siguieron los españoles para atravesar el territorio, pero hoy sólo quedan ruinas. Desde lo alto del Cañón se puede ver la Sierra Alta, donde una piedra enorme se partió en dos y se esbozó una imagen de la Virgen de Guadalupe. Cada año se hace misa ahí.

Frutas tropicales ¡en pleno desierto!

Producto de un micro clima de tipo tropical causado por un conjunto de patrones y procesos atmosféricos, en la comunidad de Orinda, muy cercana a la cabecera municipal, se cosecha manzana, naranja, aguacate, papaya, guayaba, naranja y chiles güeritos que al parecer proceden de una planta traída de Yucatán, que se ha ido aclimatando.

Hay también una de plátano, pero no se sabe si da frutos.

A Orinda se llega por un camino pavimentado y está muy cerca de la cabecera municipal de Rosales. En un cerro al fondo del poblado hay un banco de cantera que han ido explotando los habitantes y ya algunas fachadas de casa se ven cubiertas con ese material.

Ejido Las Partidas

En este ejido de uso comunal hay hoyos muy profundos que alcanzan el grado de cenote. No se han inspeccionado hasta el fondo pero el río se encuentra a 1 kilómetro, por lo que es muy probable que conecten con cuerpos de agua, sostienen Héctor Alfredo Zubía Castro, coordinador municipal de Turismo y Guadalupe Ontiveros.

En este lugar hay árboles de Mezquite, que por el grosor de sus tallos tienen una edad estimada de 200 años y siguen vivos. En una horqueta de uno de esos mezquites un nopal se incrustó y sigue floreciendo.

Los funcionarios comentan que en esta comunidad hay vestigios de pedernales, caracoles y tortugas fósiles. Además se han sitios de desove de tortugas de agua dulce, ubicación que mantienen en secreto para evitar el saqueo de huevos.

San Pedro de Conchos

Fue una de las misiones más importantes del estado a mediados del siglo XVII, que tenía 11 pueblos bajo su jurisdicción, pero debido a los ataques que sufrieron de manos de los indios rebeldes, ya para 1736 sólo le quedaban tres pueblos.

Algunos desaparecieron y otros fueron asignados a otras misiones, conforme San Pedro fue perdiendo importancia.

Hoy en San Pedro de Conchos, las escasas personas que lo habitan apenas recuerdan el sitio exacto en donde estuvo localizada la población original.

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