Cambio 16 de Chihuahua



"El monstruo de Julia"

Oddry Gutiérrez

A continuación, se comparte integro el texto ganador del Premio Estatal "Cambiemos el Cuento", en la categoría de 13 a 15 años de edad. Con ilustración de Camila Arroyo Hernández.

24 de enero

Había una vez un pueblo donde ocurrían muchas desapariciones extrañas de personas e, incluso, sus habitantes llegaron a encontrar animales de gran tamaño sin vida, con signos de rasguños y mordidas en gran parte de su cuerpo, como si una extraña fiera los hubiera atacado.

Algunas personas intuían que se trataba de un enorme animal hasta ahora desconocido, pues las mordeduras no correspondían a un lobo, un perro o un oso, animales que habitaban en el bosque de ese lugar. Estos sucesos los tenían sumamente asustados y muchos de ellos optaron por huir del pueblo.

En ese ahora solitario pueblo quedó una familia compuesta por un padre, una madre y la hija de ambos, de 12 años, llamada Julia.
Julia era una niña de tez morena, ojos avellana, pelo negro y rizado, delgada, no muy alta; era demasiado curiosa, no le gustaba quedarse con la duda de algo, siempre investigaba hasta quedar satisfecha. También era aficionada a leer historias de terror y aventuras.

La mamá de Julia, al contrario de ella, era bastante seria y callada; sin embargo, era muy buena madre, siempre al pendiente de su hija y de su esposo.
El padre era una persona muy sobreprotectora que se estresaba fácilmente, pasando largas horas con su hija y, debido a lo ocurrido en los últimos meses, no le permitía salir de casa. Él se encargaba de llevarla a la escuela en la mañana y recogerla en la tarde. No le dejaba salir de casa, ni siquiera con sus amigas. Julia estaba muy sola.

En una fría noche, ella se quedó sola, ya que sus papás salieron apresuradamente al pueblo más cercano debido a que la abuela de Julia se había puesto muy grave. Julia imploró a sus padres que la llevaran a ver a su abuela materna, pero su padre se negó rotundamente debido a que él pensaba que ella estaría más segura en casa.

Mientras se preparaba para dormir, escuchó unos ruidos extraños que provenían del bosque… Asustada, agarró una linterna y salió a investigar de dónde provenía el sonido. Debido a su gran curiosidad, se adentró en el bosque sin pensar en lo que le pudiera pasar. Conforme avanzaba, se dio cuenta de algunos rasguños en los árboles, y los ruidos se fueron haciendo más y más sonoros hasta el punto en que ella se sintió perseguida por algo.

De pronto, se encontró frente a una cueva. A lo lejos se vislumbraban dos destellos de luz parecidos a unos ojos que la miraban fijamente y cada vez se acercaban a ella. Detrás de ese resplandor tomaba forma un monstruo con hocico alargado, dientes muy filosos y unas garras puntiagudas y largas que te cortarían de un sólo tajo; no se trataba de un lobo, ni perro u oso alguno; era una extraña criatura que Julia no conocía. Sus ojos eran inexpresivos y tenía dos cuernos deformes y puntiagudos.
Caminaba en cuatro patas, su pelaje café era abundante, largo y áspero, aunque la ausencia de éste en varias partes del cuerpo evidenciaba viejas heridas y extrañamente sólo tenía un rabo por cola.

Repentinamente, el monstruo se lanzó sobre Julia y la atacó ferozmente…

Despertó sumamente asustada, gritando, cubriendo su cuerpo con las sábanas de su cama mientras su padre atemorizado acudió de inmediato a ver qué tenía su adorada hija. Le contó el inexplicable sueño. Éste la consoló, la abrazó y le aseguró que todo estaría bien.

Después, el padre preparó un delicioso desayuno y ambos se sentaron a la mesa, fue entonces que Julia extrañó a su madre.

—Creo que está muy cansada y está durmiendo—, le contestó el padre. Julia fue a la recamará de su madre para despertarla, pero ella no estaba; padre e hija comenzaron a buscarla por todas partes.
Se dieron cuenta que la puerta que daba al patio de la casa se encontraba abierta.

La angustia se apoderó de ambos, no podía ser que su madre fuera una nueva víctima de aquella bestia. Buscaron un indicio, una huella, sangre, rasguños algo que les diera una pista de lo ocurrido.

Su padre no entendía nada de lo ocurrido; le aseguró que ambos habían vuelto a casa del otro pueblo, sanos y salvos.
Llamaron a la policía y ésta les explicó que no podían iniciar la búsqueda hasta pasadas las 24 horas. Tras cumplirse el plazo, inició el rastreo con agentes y voluntarios, pues a pesar de tener tres meses de haber llegado al lugar, la familia ya era muy querida por los vecinos. Era de noche y las autoridades no permitieron que Julia y su padre se unieran a la exploración.

Encontraron rasguños en los árboles y uno de sus zapatos mordisqueado por aquella desconocida bestia, pero no hallaron rastros de sangre en su interior.

La siguiente noche, Julia salió a escondidas de su casa por una de las ventanas de su cuarto, había atado algunas sábanas a su cama; quería unirse a la búsqueda de su mamá y trató de ser lo más silenciosa posible para no despertar a su padre. Cargaba una lámpara y un botecito de gas pimienta para defenderse de la bestia.

Se fue adentrando en el bosque y a lo lejos vislumbró unas luces, eran dos policías con sus linternas y decidió seguirlos a una distancia prudente para no ser descubierta. Después un buen tiempo, los oficiales dieron con la entrada de una cueva, ahí vieron rastros de sangre, huellas de que algo o alguien habían sido arrastrado al interior; sacaron sus armas y decidieron entrar con sumo cuidado.
Cuál sería su horror cuando vieron el espeluznante espectáculo…
Sus rostros desencajaron al ver cadáveres en descomposición, con mordidas en todo el cuerpo; hombres, mujeres y tal vez hasta niños, algunos sólo eran huesos, el olor era nauseabundo. Estaban horrorizados. Buscaron a la bestia, pero no encontraron nada, el olor los hizo salir para pedir refuerzos por la radio.

­—Aquí Santiago y Raúl, solicitamos refuerzos —dijo uno de ellos. ­—Encontramos varios cadáveres en una cueva en el bosque del pueblo, repito, varios cadáveres; les envío la ubicación exacta en un momento.

En ese instante, un animal se lanzó sobre uno de los oficiales, interrumpiendo la conversación y arrancándole de un mordisco la mano que sostenía la radio. Su compañero alcanzó a disparar, lastimando al monstruo apenas en un costado del cuerpo y al instante la bestia se lanzó sobre él, hiriéndolo de muerte en la garganta; el otro policía salió huyendo despavorido tratando de controlar la pérdida de sangre de su mano. Julia también salió corriendo, tropezando con una piedra…
Julia despertó sumamente agitada, gritando. Su papá acudió de inmediato.

­—¿Qué tienes Julia? ¿Qué pasa?—Julia lo abrazaba y se notaba bastante sofocada o fatigada. —Ya mi niña —le dijo su papá­— todo ha sido una pesadilla, ya verás que tu madre aparecerá sana y salva, ya mi amor, todo estará bien.
­—No, papá —lloraba Julia— la bestia, el monstruo, mató muchas personas, se las lleva a una cueva, atacó a los policías, me perseguía a mi pá…

—¡Ya! ¡Por favor, Julia! —le interrumpió un tanto enérgico el papá­­— todo ha sido una pesadilla ¿de dónde sacas todo eso? tú nunca has salido de casa, insistió el hombre. ¡Ya cálmate por favor, que hay que ir a la escuela...

—Pero, papá, era tan real —dijo con voz aterrada—tengo miedo de que me ataque de verdad y me mate.

—Eso nunca va a pasar—le dijo tranquilizándola— era sólo un mal sueño, yo siempre te protegeré.

—Gracias, papá, por protegerme—le dijo mientras lo soltaba y secaba sus lágrimas.

Ella se fue a la escuela y el día transcurrió como cualquier otro. De regreso a casa, su padre se encontraba leyendo el periódico, su rostro se notaba perturbado. Julia se acercó para leer qué sucedía e impactada descubrió que dos policías fueron hallados muertos a la orilla del bosque. Ambos fueron arrastrados por algo o alguien, se notaba por las huellas dejadas en el follaje; pero por más que buscaron no lograron encontrar el sitio exacto donde habían sido atacados. La autopsia reveló que no habían sido asesinados por un ser humano sino por un animal, hasta el momento desconocido. Se publicó también que dichos policías habían reportado antes de morir el haber encontrado “una cueva” en el bosque de la ciudad, con muchos cadáveres dentro…
Las lágrimas asomaron en el rostro de Julia.

—¡Lo sabía, papá, lo sabía, no fue un sueño, yo estuve ahí, yo estuve ahí!— gritó Julia incontrolable.
—No, Julia, es absurdo —contestó su padre— no tiene lógica, es sólo una coincidencia. —La miraba directamente a los ojos.

Pero Julia no quedó convencida y la duda comenzó a perseguirla. ¿Sería acaso una extraña coincidencia? ¿Sería que ella era vidente? o ¿sería que ella estuvo ahí?
El dormir resultó muy difícil esa noche.

Su mamá no aparecía y tampoco la policía encontraba la famosa cueva. ¿Dónde se encontrarían todas esas personas asesinadas por ese monstruo? ¿Por qué los policías fueron arrastrados hasta la orilla del bosque? Tantas dudas sin respuesta.

Julia lo desconocía, pero para su padre fue igual o más difícil conciliar el sueño. La realidad es que deducía que su esposa ya no estaba con vida, no se lo decía a su hija, pero así lo sentía, lo entendía en silencio, sin poderlo compartir con nadie. Sabía muy en su interior que la bestia la había asesinado. Estaba seguro.
Estaba decidida a despejar las dudas que atosigaban su mente. Ya había transcurrido una semana de la desaparición de su madre, ya no podía más, tendría que encontrar ella misma la verdad.

Lo tenía todo planeado, escaparía por esa ventana, tal como lo había hecho en su sueño, se introduciría al bosque, iría con su lámpara, celular, gas pimienta y una pistola con dardos para dormir. Ella sabía disparar gracias a que su tío Marco le había enseñado algunas veces, cuando lo visitaba en su rancho.
El rancho se encontraba a unos kilómetros de la ciudad en la que vivía. Su tío le había regalado en una ocasión una pistola de dardos y una cajita con varias cargas.
Lo difícil fue conseguir el cloroformo para impregnar los dardos, por lo que tuvo que robarlo de la clase de química sin que nadie se diera cuenta.

En casa, impregnó tres dardos con el cloroformo. Con cada uno podría supuestamente hacer dormir a una persona de gran tamaño por más de una hora, tiempo suficiente como para llamar a la Policía o a un guardabosque. Salió de su casa tal y como lo había planeado, con su morral, su lámpara y se adentró al bosque sin pensar. Buscó durante horas y horas…
Finalmente la encontró.

De pronto, ahí estaba la cueva frente a ella… ¿Por qué ella sí la encontró y los demás no tuvieron suerte?

Con muchísimo miedo, temblando de la ansiedad, se metió a la caverna, buscando a su madre entre los demás cadáveres.

Tenía ganas de vomitar, las imágenes eras horripilantes y el aroma era terrible, pero ya había llegado demasiado lejos como para darse por vencida, tendría que cerciorarse que ninguno de los muertos era su madre, pero desgraciadamente, al final, después de haber revisado todos los restos, ahí estaba ella muerta, sobre una gran roca. Se encontraba a lo más profundo de la guarida y era claro que había sido colocada a propósito. Su cuerpo estaba acomodado con los brazos cruzados, tenía flores en el pelo, pero al igual que los demás, tenía mordidas en varias partes del cuerpo y éste se encontraba en descomposición.

Julia no pudo más contener las lágrimas, cayó de rodillas a los pies de su mamá y comenzó a llorar. Su búsqueda había acabado, por fin había resuelto el misterio; aunque todavía no descubría qué tipo de monstruo había atacado a su madre. Tenía que dormirlo, tenía que acabar con esas matanzas, tenía que frenarlo. Así que, después de un buen rato de estar llorando, se armó de valor y decidió esconderse detrás de una roca cerca del cadáver de su madre.

De pronto, apareció la bestia caminando lentamente, comenzó a girar alrededor del cuerpo de la madre de Julia. Ésta era su oportunidad de dormirlo con uno de sus dardos. Le apuntó y le dio en el lomo, el animal se lanzó sobre ella…

Julia despertó.

No lo podía creer ¿qué había pasado? ¿Se estaría volviendo loca?

Le contó a su padre detalladamente lo que había pasado, todo, la cueva, los cadáveres, su madre, el monstruo.
El padre de Julia la consolaba, pero estaba muy preocupado por la salud mental de su hija.

Ella estaba convencida de que la bestia y todo lo sucedido era real. Y que ella había estado ahí.
El papá, preocupado, decidió llevarla al especialista y sacó una cita. Estando en el consultorio, entraron con el psiquiatra. El doctor le explicó a su padre que necesitaba hablar a solas con su hija. El señor salió a la sala de espera y se puso a leer el periódico mientras esperaba a Julia.

De pronto, el rostro del señor se desencajó y se perdió en la nada…

El encabezado del periódico decía: “Espeluznante descubrimiento de cadáveres en una cueva”; mencionaban que un monstruo de terrible dentadura y garras era el asesino.

Una llamada a su celular lo sacó del trance.

Era de la comisaría, en donde le avisaban que ya habían encontrado a su esposa, que había sido atacada por una bestia desconocida, al igual que 13 personas más encontradas en esa cueva, pero que también posiblemente alguna persona o personas tendrían que estar involucradas en los crímenes debido a la posición de los cuerpos de algunas de las personas, especialmente el de ella...

—¿Qué pasa, papá? ¿Qué ocurre?—preguntó Julia, asustada, al salir de consulta con el psiquiatra. —El doctor quiere que pases a hablar con él.

El papá se sentó frente al psiquiatra sin decir palabra alguna, mirando al suelo. El doctor le dijo que la mente de Julia estaba traumatizada por la desaparición de su madre, estaba trastornada y que necesitaría medicamento para controlarla, pues estaba inventando historias absurdas y fantasiosas acerca de un monstruo.

Llegaron de vuelta a casa, sin decir palabra. La preocupación del padre era muy grande. Era demasiada coincidencia que ella siempre adivinaba lo que sucedería y ¿por qué ella? sólo ella había visto a la bestia en diversas ocasiones y el monstruo nunca la había atacado.

Ella estaría loca o él lo estaba…

Sepultaron el cuerpo de la madre de Julia. Ella comenzó a tomar diversos medicamentos recetados por el especialista. Estas medicinas la tenían atontada todo el tiempo, era como una zombi, sus calificaciones bajaron, dejó de tener amigos, todos se burlaban de ella y murmuraban a sus espaldas que estaba loca.

Su papá seguía muy preocupado en silencio, ya no sabía ni quién era su hija, su adorada hija. Sin embargo, algo bueno había pasado. Las desapariciones en el pueblo habían cesado.

Un día, Julia fingió tomar sus medicamentos y en la noche cayó en crisis. Comenzó a gritar y a asegurar que ella había visto al monstruo. Entonces el papá decidió internarla en el psiquiátrico.

Fue sumamente difícil para él tomar esa decisión, pero era lo mejor para ella y para los demás.
—¡No estoy loca, papá, no estoy loca!— gritaba Julia— ¡No me dejes aquí, no me abandones por favor, eres todo lo que me queda..!

Ella lo abrazó con tanta fuerza que terminó arrancando su camisa.

Cuál sería su asombro de ver una extraña cicatriz en su costado, rápidamente buscó la otra marca en su espalda, y ahí estaba, una pequeña cicatriz igual a la que le hizo al monstruo en el lomo con el dardo…

—¡Mírate!— le gritó a su papá —¡Mira tus cicatrices!

En ese instante él lo recordó todo, todo. Sus recuerdos reprimidos volvieron, recapitulando cómo en algunas noches de estrés se transformaba y que debido a esta extraña condición o enfermedad, provocaba tener una conexión mental con el hijo o hijos que heredaban de esta horrible maldición. Al igual que él la había tenido con su padre, en su juventud, sólo cuando éste se transformaba en bestia muchos años atrás.

Julia gritó: —¡tú eres el monstruo!— sus ojos se salían del rostro.

Lo peor fue que el monstruo de Julia recordó que no había manera de impedir que su hija heredara el mal una vez establecida esta conexión…

La autora

Oddry Yannet Gutiérrez Pérez
Nació en la ciudad de Chihuahua, en 2004. Estudia en la Secundaria Federal No. 9. Con un promedio de 9.7, gusta de la escuela y de aprender cosas nuevas. “Considero que los muchachos deberían leer más, el mundo de la lectura es un mundo lleno de emociones y despiertan tu imaginación”.

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