30 de enero

"Un último vistazo", por Érika Arizmendi

Érika Arizmendi

A continuación, se comparte integro el texto ganador del Premio Estatal "Cambiemos el Cuento", en la categoría de 16 a 20 años de edad. Con ilustración de Camila Arroyo Hernández.

Se encontraba de nuevo en esa esquina tan conocida para él. Ahora no debía preguntarse qué es lo que ocurría, sabía que estaba soñando. Siempre comenzaba así: con él parado en medio de las calles 12ª y 4ª, con la mirada hacia el parque que se hallaba en la otra esquina. La imagen la reconocía perfectamente pues era la misma que veía cuando de pequeño se dirigía a darle una visita a su abuela. Un sentimiento de nostalgia empezó a invadirlo, el deseo de volver a esos tiempos comenzaba a crecer dentro de su pecho como la espuma en las olas del mar. La única diferencia que podía hallar era el ambiente, pues antes se veían niños jugando en la calle, pero ahora, como en anteriores ocasiones, la calle se encontraba desierta, sin ningún carro o persona a la vista. El aire desprendía un olor a lluvia a pesar de que todo estaba completamente seco, y estaba oscuro, como si estuviera por caer la noche, aunque se podía ver el sol en la posición del mediodía. Así es como supo que no se encontraba en la vida real la primera vez que tuvo este sueño; por el sol que ardía y no quemaba. Todo le resultaba muy extraño, una especie de déjà vu donde sabía que ya había pasado por esto y recordaba cada detalle. No se molestó en voltear al escuchar un bote de basura caer, pues ya sabía que vería a un gato saliendo apresurado del callejón detrás de él. Estaba pensando, tratando de comprender la razón por la cual volvía a soñar de nuevo con lo mismo.

Su mirada seguía fija en la casa junto al parque, sentía que ésta lo llamaba así que se dirigió allá. Se acordó de que alguna vez había traído a sus hijos a conocer este vecindario cuando eran pequeños, con la esperanza de verlos tan entusiasmados como él por regresar a un lugar tan significativo. Pero obviamente a ellos no les importó mucho, a fin de cuentas, era él quien recordaba, no ellos.
Llegó al otro lado, a la entrada del parque. Se sentía indeciso de seguir. Sus hijos hacía ya tanto desde la última vez que los vio. O tal vez hace poco, su memoria ya no era la misma. Se preguntaba qué estarían haciendo ahora, tal vez recogiendo a sus nietos de la escuela.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por unas risas provenientes del parque, volteó a todos lados sin lograr divisar a nadie.

—Ándale, Cacho, no seas así. Ayúdame a mojar a Eru—.

La voz parecía venir de él mismo. Pero su boca no se había abierto para nada. Fue entonces que recordó: Día de San Juan. Todos los años, sus hermanos y él salían a ese mismo parque para mojarse entre todos, junto con algunos primos y amigos. Si mal no recordaba, el día en que dijo esa frase tenía unos siete años. Sonrió ante el recuerdo.

Se seguían escuchando risas, sonidos de globos rompiéndose y gritos inentendibles, pero decidió seguir avanzando hacia la casa. Cuando llegó por fin a la puerta de entrada se detuvo. Ya sabía lo que encontraría adentro, en sus otros sueños había sucedido exactamente lo mismo, entonces ¿debería entrar o simplemente intentar despertarse y volver a la realidad?

Miró hacia arriba. Era una casa de dos pisos construida por completo de ladrillos rojos, la puerta era de madera oscura que aparentaba ser completamente nueva. Y ahí estaba el balcón; una luz tenue salía de ahí, como de una vela encendida. Recordó cómo desde ese balcón casi se lanzaba a sus 5 años, con el inocente pensamiento de que lograría volar como Superman. Decidió seguir avanzando, quién sabe, quizás su esposa tenía razón y el sueño trataba de decirle algo.

Hacía diez años, cuando por primera vez tuvo este sueño, se habría golpeado mentalmente por siquiera considerar la idea de que esto tenía otra explicación más que la de ser un simple sueño a base de algunos recuerdos. Pues la que se dedicaba a hacer esas conjeturas era su esposa. Pero ahora las ganas de ver lo que se encontraba en el cuarto del balcón eran más fuertes. Así que con su mano derecha tomó la manija y la giró lentamente. La puerta crujió al abrirse, dejando que el olor a tortillas recién hechas llegara hasta su nariz junto con un millón de memorias olvidadas. Cuando por fin se encontraba su cuerpo dentro de la propiedad, se puso a observar su alrededor. Todo estaba tal y como lo recordaba. La primera habitación se trataba de la vieja tienda de su abuela, con los dos mostradores llenos de dulces formando un ángulo de 90 grados frente a él y a su lado izquierdo. Luego estaba el refrigerador a su lado derecho y una pequeña ventana por la que apenas se filtraban unos rayos de luz. Lo único peculiar era el hecho de que todo parecía haber pasado por un incendio recientemente. Cada mueble se encontraba chamuscado, aún con algunos hilos de humo saliendo de ellos; sin embargo, no se percibía olor a quemado.
El murmullo de la Tv de su abuela, en la habitación detrás del mostrador, captó su atención. Movió las cortinas que servían de puerta entre las dos habitaciones y se adentró a la siguiente, la cual se encontraba en el mismo estado de la otra. La mecedora seguía en el mismo lugar de siempre, con una pequeña mesa enseguida de ésta, mientras que la televisión pasaba un capítulo de la que solía ser la novela favorita de su dueña. Junto con la cama pegada a la pared del fondo.

—¡Doña Chu, deme una coca!—

Ahora la voz se escuchó a sus espaldas, del cuarto anterior. Pero no volteó, sino que se quedó a observar cómo la mecedora comenzaba a moverse por sí sola, en un compás calmado.

—No hay. Espérese—.

Esa era la voz de su abuela, proveniente de la mecedora. Era el mismo escenario que él había escuchado infinidad de veces; a la gente entrando a la tienda a comprar algo y a su abuela diciéndoles que se esperaran sólo por el hecho de que la novela estaba en una parte muy interesante y no deseaba perderse ni un segundo.
Para cuando la mecedora dejó de moverse su vista se dirigió a la puerta izquierda. Ésta daba, si mal no recordaba, al corredor principal en donde se encontraban las escaleras para subir al cuarto del balcón. Su objetivo. Pasó frente al televisor, el cual ahora sólo mostraba estática, y atravesó la puerta al corredor.

En cuanto se encontró del otro lado, una corriente de aire lo recibió y podía jurar que se vio, por unos pequeños momentos, a él mismo de niño, corriendo en shorts rojos y playera interior blanca. Siguió su camino en la dirección que tomó ese espíritu del pasado hasta encontrarse frente a las escaleras de caracol. Sus hijos y esposa ya no ocupaban un lugar principal en sus pensamientos, ahora sólo quería llegar al final de esas escaleras. Subió sus escalones uno por uno, sin prisa. Se sentía cada vez menos pesado, como si con cada paso se volviera más ligero. Para cuando llevaba la mitad de la subida podía observar el cuarto principal del segundo piso. La puerta se encontraba entre abierta dejando a la vista solamente un buró con una vela encendida encima. Siguió su camino como en un trance, no se dio cuenta de cuándo terminó de subir lo restante ni cuándo entró al cuarto de donde venía la luz.

Se paró en seco y a pesar de que ahora sentía casi que flotaba, no podía moverse. Ahí, a tan sólo unos cuantos metros, se encontraba su amada abuela tal y como la última vez que la vio, sentada de perfil en una silla de madera con la vista fija a la luz que emanaba de la vela y con la mirada perdida. Sus facciones intensificadas por las sombras. Y aunque la vista podría ser considerada un poco tétrica para muchos, él no se sentía inquieto. Sino más bien en calma. Sintió grandes deseos de correr a abrazarla, pero sabía que aquí acababa el sueño, o al menos las últimas veces se despertó justo en esta parte, con la sensación de que no se habría podido acercar a ella, aunque lo hubiera intentado. Cuando ya se disponía a despertar, sintió esa mirada tan penetrante que le causaba escalofríos y tan fría, pero tan llena de dulzura al mismo tiempo que no quedaba duda que era su abuela quien había posado sus ojos color marrón claro en él. Y sin siquiera tener la necesidad de pronunciar una sola palabra, él ya sabía lo que su abuela le diría; que era hora, era tiempo de seguir. Con esto se olvidó de todas sus preocupaciones y se dejó ir, con la mano de su abuela sosteniéndolo fuertemente como de niño, a lo desconocido.

La autora

Érika nació en la ciudad de Chihuahua y tiene 16 años de edad.
Participó en el certamen de El Quijote (2018) y en el concurso estatal de “Expresión Literaria Sobre los Símbolos Patrios” (2016).

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