Cambio 16 de Chihuahua

Cambio 16 No. 32
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“Oriundo Laredo” para entender la “era Trump”

12 de diciembre de 2016

“Oriundo Laredo” para entender la “era Trump”

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(SinEmbargo).- Oriundo Laredo, la cuarta novela de Alejandro Páez Varela (todas en Alfaguara), llega a librerías. Después de una trilogía que exploró el norte de México (Corazón de Kaláshnikov, El Reino de las Moscas y Música para Perros), ahora este relato se concentra en el sur de Estados Unidos. Es una novela de mexicanos en las tierras que un día fueron suyas. Es una novela de anglos en territorios que sienten muy suyos. No es una novela de migrantes, sino de un “país-de-en-medio”: una nación entre fronteras que difícilmente podrá disolverse ya.

Oriundo es un estadounidense con raíces mexicanas que viaja por todo el centro-sur de Estados Unidos en busca de empleo. Sufre la angustia de ser “extranjero en sus propias tierras”; de ser un mexicoamericano al que los gringos no quieren, aunque necesitan de él.

Con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial, Puntos y Comas, suplemento de SinEmbargo, llega a ustedes los primeros tres capítulos de una novela necesaria para entender parte de ese mundo en la llamada “era Trump”.

“Oriundo Laredo recorrió unas mil o dos mil veces en su vida, con toda paciencia y sin barullo, de Palomas a Ojinaga y de Canutillo a Presidio. De Este a Oeste y viceversa, por toda la frontera. Y la anduvo sin sonar la duela, como la sombra de un caballo perdido, como una nube solitaria en la entraña del extenso manto”.

Oriundo Laredo es un mexicoamericano. Y es el nombre de una novela de las Grandes Llanuras, donde apaches, comanches, mansos, mescaleros, kikapús, blancos, morenos, torbellinos, gobernadoras, charrales y chamizos conforman un país-de-en-medio.

El autor dice que se trata de su primera novela “del Sur”, después de su trilogía del norte de México: Corazón de Kaláshnikov (Planeta 2009, Alfaguara 2014), El Reino de las Moscas (Alfaguara 2012) y Música para Perros (Alfaguara 2015).

Oriundo Laredo y Gamboa Las Vegas, su gran amigo de aventuras, recorrerán esa región que un día fue México y que ahora es de todos, aunque las fronteras geopolíticas digan otra cosa.

Van y vienen de pueblo en pueblo, de región en región, en busca de trabajo y, sin pensarlo, en busca de un tesoro. Pero el tesoro, se dará cuenta el lector, son ellos dos.

“¡Poca cosa es la distancia, Oriundo Laredo! Los recuerdos se miden en millas, Oriundo, porque en los sueños todos vamos manejando un Grand Marquis”.

Con autorización de Penguin Random House, Puntos y Comas, suplemento de SinEmbargo, lleva a ustedes los primeros tres capítulos de una novela necesaria para entender el mundo que vivimos en la llamada “era Trump”.

1. Un desparpajo en sus menesteres

¿Que si el pueblo lloró la muerte de Oriundo Laredo? Claro que la lloró. Digamos que no hubo filas afuera de su casa de El Millón para verlo por última vez; digamos que tampoco hubo llantos, lo que se dice llantos, ustedes saben: mujeres gri­tando y arrancándose los cabellos, niños a moco tendido. Pero la gente del pueblo lo lloró, aunque de manera muy modesta y desde su casa.

Y no fueron a verlo porque casi todos le debían algo: que un favor, que dinerito, que un mosquite­ro. La casa de Oriundo Laredo no tenía mosqui­teros porque en vida los regaló.

—Bien que chingan los moyotes —decía él, dándose con la palma en el antebrazo—. Y aquí tie­nen a su pendejo favorito.

Sí, bien que chingan los moyotes y bien que chinga la gente, también. Porque no faltaba quien llegara a su casa a decirle, con voz apocada: “Oiga, don Oriundo, qué bien chingan los moyotes”. Y Oriundo Laredo arrancaba de alguna ventana el bastidor con tela de mosquitero y respondía: “Vaya, ándele, póngalo en su cuarto”.

Así era el hombre de desprendido.

Se puede entender, pues, que sus vecinos prefirieran no ir a llorarlo a su casa sin mosquiteros, sin muebles, sin pisos, sin mesa o sin sillas ni nada. Lo lloraron desde lejecitos porque les daba pena de tanto que le debían. Tanto y tan poquito. Si la brea del techo no se la pidieron porque la brea, una vez puesta, no puede desprenderse; como la pintura y el enjarre en las paredes.

Al velorio de Oriundo Laredo, que fue la noche del viernes 26 de diciembre de 1997 (día además de su cumpleaños), asistió el jefe de la policía de El Mi­llón, que en realidad era su propio jefe porque él y sólo él formaba todo el departamento; y fue porque tenía que ir, faltaba más; un muerto es un muerto.

También acudió el tendero, a quien el muertito le debía; aunque, a decir verdad, ése no asistió por Oriundo sino por aburrimiento.

Lejos de las anécdotas, de que si lo lloraron o no, de que si era suelto con sus pertenencias o no, de que si era un desparpajo en sus menesteres o no, qué pelao más bueno era ese Oriundo Laredo. Buena gente, el condenado. Hecho con toda la mano; con mantequilla, leche, huevos.

Oriundo recorrió unas mil o dos mil veces en su vida, con toda paciencia y sin barullo, de Palo­ mas a Ojinaga y de Canutillo a Presidio. De Este a Oeste y viceversa, por toda la frontera. Y la anduvo sin sonar la duela, como la sombra de un caballo perdido, como una nube solitaria en la entraña del extenso manto.

¡Poca cosa es la distancia, Oriundo Laredo!

Los recuerdos se miden en millas, Oriundo, porque en los sueños todos vamos manejando un Grand Marquis.

2. Donde lloran los sauces

No supo, Oriundo Laredo, que así sucedió:

Que Teresa salió de su casa en El Millón y casi a rastras fue llevada al borde del Río Bravo en una mañana fría, como frías suelen ser, aun en el verano, casi todas las mañanas por allí.

—Crúcese el río y la veo del otro lado —ordenó el padre de Oriundo, que no se llamaba como él. —¿Y a qué me cruzo? —contestó la madre de Oriundo, muy jovencita y de buen parecer.

Se vería obligada a nadar en las aguas frías del Río Bravo y eso no le generaba dudas. Dudaba del a qué: a qué dejar México, a qué irse al otro lado. Dos a qué.

—Pues mírese esa barriga, señora, ¡no aguanta un día más! Le va a reventar —dijo Octavio Laredo y se fue al puente para cruzarlo a pie, con su papel de american citizen en la mano—. Brínquese el río y la veo del otro lado.

Pasaron el río, ella y Oriundo nonato, por un vado donde un grupillo de sauces llorones tendía su cortina de ramas deshojadas a ras de la tierra congelada.

Teresa iba de nueve meses de embarazo y apenas se notaba su gravidez. Era de esas familias donde a las mujeres apenas se les nota.

No vio Oriundo Laredo que, al cruzar al otro lado, un letrero decía Petroleo, así, sin acento; y que abajo, con letras chiquitas, se leía kerosene.

A lo lejos había nogaleras, algodonales ralos y algo de sorgo para ganado. Y más adelante, poco más allá del vado, el pueblo de Clint presumía su único logro: una estación de la Border Patrol mu­cho más grande que la escuela del condado.

No supo, Oriundo Laredo, que el aire era húmedo esa mañana fría de invierno, fría como casi todas las mañanas allí, excepto algunas.

Y que el color café oscuro de los nogales acen­tuaba el tiempo.

Que un letrero decía: Wedings and quinceañeras.

Que en Clint había un salón de baile llamado Dunas Ballroom. La John Deere tenía una sala de exposiciones para tractores. El Saragosa Fireworks vendía fuegos artificiales lo mismo para el 4 de julio que para la noche del 15 de septiembre. El Jumping Baloons abría sólo los fines de semana para que los niños jugaran.

Y los torbellinos de tierra se estacionaban en los campos sin sembrar.

Y dos árboles y los restos de un tercero, todos centenarios, estaban junto a una bomba de agua y más algodonales. Y había tierra desaprovechada, mucha, porque allí lo que sobra es tierra y mucha está sin sembrar.

No supo, Oriundo Laredo, que cuando cruza­ron el río había dos árboles y los restos de un tercero, y allí los estaban esperando para llevarlos a un hospital: a ella chiquita y guapa, con nueve meses de embarazo; a él sin ver la luz todavía.

Y a lo lejos, hacia el norte, el desierto lanzaba destellos de sol reflejado.

Y hacia el sur, México y más México, desierto.

Yesas tierras, todas, habían pertenecido a los apaches.

Y los pueblos de kilómetros a la redonda, mexi­canos o gringos, no tenían banquetas y las casas lu­cían porches enormes, como extensiones de la sala.

No supo, Oriundo, que así sucedió:

Que su padre dijo a su madre, cuando cruzaron el río:

¿Por qué tardó tanto?

Y que ella respondió:

—Porque estaba fría el agua.

Hablaba del agua del Río Bravo.

Y había, del otro lado, una iglesia: la Indios Community Church. Y otra, la Emmanuel Dios con Nosotros; y una tercera, la Even­Ezer.

Y Rodilla Floja era el nombre de un rancho y el nombre también de un indio manso al que nadie hizo caso.

Y Saltondo era un cerro o dos, porque lo partían las aguas de un brazo del Bravo.

Entre El Paso y Socorro estaba la calle de Pres­cott Sheldon Bush. En esa calle moriría su madre días después del parto, dejándolo huérfano del todo porque su padre nunca vio por él.

No supo, Oriundo, que así sucedió:

Que ésa era la primera vez que su madre cru­zaba a Texas y que cuando cruzaba, pensó:

“Qué pueblos más tristes, qué calles más tristes, qué día más triste y hasta los árboles lloran por acá”, y un grupillo de sauces llorones tendía su cortina de ramas sin hojas a ras de la tierra congelada.

Esto no lo supo Oriundo Laredo, aunque así fue como sucedió.

3. Gangrena hasta los tanates

Oriundo Laredo creció creyéndose millonario. Millonario­ millonario. Con un chingo de dinero, pues.

Y en los primeros años no se preguntó dónde estaba su dinero.

Después entró en dudas, y después, fue después.

Su padre se refería a él de esta manera: “Pinchi muchachito millonario”.

O:

—Pinchi muchachito millonario tan jodido, pues. Átese las cintas, límpiese los mocos. Pinchi millonario tan jodido.

O:

—¡Épale, don millones, vaya a la tienda!

O:

—Usted es un arrimado, pinchi muchachito millonario. Vaya usted a la tienda, ándele. Gánese a sus hermanos, que ni hermanos suyos son y lo tienen que soportar.

Porque Oriundo estuvo de arrimado hasta los cuatro o cinco años de edad. Luego, un día, su padre fue por él adonde lo había abandonado y le dijo:

—Junte sus trapos, nos vamos.

—¿Adónde? —dijo él.

Oriundo aún no tenía nombre.

—¡Que junte sus trapos, muchacho cagado, que se va de aquí! ¡Ya no lo soporta nadie! ¿Entiende? ¡Nadie!

Y se lo llevó, con jalones y golpes en la nuca, a México. A El Millón, pueblo junto a Ciudad Juárez.

En Estados Unidos quedó el registro de su na­ cimiento con el nombre del padre, Octavio, pero el padre no lo supo o no quiso saberlo o no le im­ portó o no se dio cuenta.

Cuando llegaron a México, Octavio debió registrarlo otra vez.

—Tiene que registrar a este muchacho —dijo una tía abuela de Oriundo cuando el padre lo llevó a El Millón para abandonarlo allá, también.

La tía abuela ocupaba la misma casa que fue de la madre de Oriundo Laredo, la pobre de Teresa, quien ya no regresó. La vieja vivía allí aunque tenía unos cuartos al lado, porque sentía que esa casa debía estar ocupada mientras la muerta llegaba a donde tenía que llegar.

—Tiene que registrarlo si no quiere meterse en líos con la justicia —insistió. Temía que ese hombre al que no quería ni tantito le dejara un problema.

—¿Y eso adónde? —preguntó el padre, viendo al reloj.

—A la plaza, al registro civil. Tiene que llevarlo usted mismo.

—La pinchi lata —se quejó, aunque tomó del brazo a Oriundo, que todavía no se llamaba Oriun­do, y lo arrastró hasta la plaza, al registro.

Hicieron cola. Octavio Laredo pensó en desistir, pero pensó en los líos con la justicia y mejor se quedó allí, con el chamaco, a la espera.

Oriundo era quieto y entendido, por fortuna. No mereció ni un golpe más.

Frente a barandilla, el juez de lo familiar los vio apenas de reojo y preguntó:

—¿Registro?

—Sí. Registro de este muchacho. —¿Oriundo? —preguntó el juez. —¿Oriundo? —dijo Octavio.

—Que de dónde es oriundo; que de dónde es, dónde nació.

—¡Ah! Nació en El Millón. Es millonario —Oc­tavio rio.

—¿Usted es su padre?

—Eso dicen, que soy su padre.

—¿Usted se llama cómo?

—Octavio. Octavio Laredo, su señoría.

Dijo “su señoría” porque leyó “juez” y pensó que lo correcto era llamarlo “su señoría”, como en las series de televisión, como en el cine.
—¿Usted de dónde es?

—¿Yo?

—Usted.

—De Texas, de Fabens, su señoría.

—Fabens, Texas.

—Fabens, sí.

—¿Y la madre?

—Le salió enferma.

—¿No pudo venir?

—Le salió enferma al chamaco. Está muerta.

—¿Cómo se llamaba?

—Teresa.

—¿Teresa a secas?

—¿Qué voy a saber, su señoría?

—Teresa Laredo le ponemos. ¿Y cómo lo va a llamar?

—¿Llamar?

—Al muchacho, cómo lo va a llamar.

Octavio Laredo pensó unos momentos con los ojos iluminados.

—Oriundo. Oriundo, su señoría.

Dijo “oriundo” porque le gustó, porque creyó que era un buen nombre para el muchacho millonario.

Y dijo “oriundo” porque hasta que no llegó frente a su señoría no había elegido nombre para él, para ese pinchi muchachito millonario.

—¿Oriundo? —dijo el juez, algo extrañado.

—Oriundo Laredo —agregó el apellido, y entonces le gustó el nombre mucho más.

—¿No quiere ponerle Octavio, como usted? —No. Ya tengo muchos.

—Oriundo, así.

—¿Cómo así? Oriundo solo no: Oriundo Laredo.

—Oriundo, pues.

—Oriundo Laredo, su señoría.

Octavio Laredo llevó al muchacho de regreso a casa de su extinta madre. Y ya no había una, sino dos viejas.

—Aquí tiene, pues, a Oriundo Laredo.

—¿Cómo le puso?

—Como mi abuelo: Oriundo Laredo.

Octavio Laredo mentía porque su abuelo se llamó Aurelio y su padre, Andrés.

Dejó a Oriundo Laredo recién registrado y tomó camino de regreso y se perdió los siguientes doce años, aproximadamente, hasta que decidió ir a México a morir por una pierna gangrenada.

La gangrena le dio en el campo, sacudiendo no­ galeras. Se subió a una escalera larga y cuando golpeaba las ramas con un pedazo de manguera, perdió el equilibrio.

No cayó de golpe porque un pie se le atoró en el primer escalón, el de arriba.
Por su peso, el pie atorado casi se le desprendió.

Sin seguridad social, ese pie se le puso negro y luego hubo que amputarlo pero algo salió mal cuando lo amputaron porque le avanzó el chapo­ pote hasta la pantorrilla, de tal manera que cuando llegó a México, la gangrena le rozaba los tanates.

—Tengo gangrena hasta los tanates —dijo Oc­tavio Laredo cuando reapareció en El Millón. Se señalaba con una mano la entrepierna.

Cuando se acomodó en la casa que había perte­necido a Teresa, madre de Oriundo, se dijo:

—¿Maté al perro para venirme a esta mierda? Merezco morir.

Porque tuvo un perro fiel, y antes de dejar Texas lo mató para venirse a México sin cargas.

El chamaco, Oriundo, había crecido para entonces.

Al verlo, Octavio Laredo intentó recordar su nombre y pensó: “Millonario, millonario… ¿Cómo chingados le puse a ese desgraciado? ¿Le puse Oc­tavio?”

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